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Santiago de la Ribera

Santiago de la Ribera
Amanece

lunes, 4 de octubre de 2010

Un Folio en Blanco

Esta era cibernética que nos invade, ha acelerado las comunicaciones de tal manera que, aunque estemos a miles de kilómetros de la persona con la que queremos intercambiar información, no concebimos ésta sin la absoluta inmediatez.  Da igual que uno esté en Almería y su interlocutor en el Polo Sur. Queremos que esa comunicación sea instantánea y duradera.  No importa que sea por voz, mensajería o chat.  Tenemos, con las nuevas tecnologías y los nuevos móviles, infinitas formas de comunicación que, si falla una, saltamos a la otra con la misma velocidad con la que Arguiñano corta una cebolla.

Hemos pasado en un tiempo, relativamente corto en términos históricos, de tener que pedir una conferencia para hablar con Albacete y que nos dieran dos o tres horas de demora, a hablar por por teléfono desde donde estemos en cada momento y con alguien que ni sabemos a ciencia cierta donde se encuentra.

Esta facilidad que nos ha brindado la tecnología tienen infinitas ventajas y aplicaciones, pero también inconvenientes. La falta de intimidad, la aceleración de la búsqueda de resultados, un mayor stress y, en los adolescentes, la falta de dormir un número de horas adecuado a su edad.

Para mi, una de las pérdidas mayores ha sido la de escribir enfrentándote, pluma en mano, a un folio en blanco. Cuando escribíamos a mano, no hace tanto tiempo, aquello tenía un ritual que a mi me encantaba y que me sigue gustando practicar. Llenar la pluma de tinta con un tintero y mancharte los dedos; hacer que la tinta fluya por el plumín; comprobar que se desliza suavemente sobre la superficie de papel y comenzar a escribir en ese trozo de blanco al que, con nuestra mejor caligrafía, que haría sonrojar a nuestros profesores de colegio, vamos robando terreno y trazando de azul ultramar.

Comenzar a escribir una carta a mano te permite reflexionar y, de alguna manera, sacar de dentro pensamientos profundos. Una hoja en blanco es un espacio enorme que quieres llenar y en el que quieres expresar ideas, sentimientos, recuerdos, anécdotas o, algunas veces, noticias tristes.

Un folio en blanco, abre ante nosotros, un mundo de posibilidades que plasmar al lento ritmo de la pluma. Alegría, tristeza,  fantasía y realidad son posibles en su faz. Poco a poco, vamos dejando, con trazos azules, todas esas ideas en las que no hay marcha atrás. No hay tecla de borrado ni corrector. Lo escrito, escrito está y la única forma de corregirlo es volver a empezar y ya no quedará parecido.

Hace unos días, Mercedes me pidió que, todos los días, le escribiera una carta y, desde que lo hago, he recuperado el placer de enfrentarme durante un rato, en el que no miro el reloj, de llenar no uno, sino varios folios en blanco.

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